El efecto Circe
o un embrujo del Norte
Norteada. Así se sentía, aún sin saber la implicación absolutamente destructiva de esa palabra.
El director, Óscar, le pidió que llevara a Gera a un lugar que a ella le gustara.
Escogió el café Budapest sin pensarlo tanto; si hubiera sido más temprano lo habría llevado a Kurimanzutto o a la OMR, aún sin haber pisado ninguna de las dos en meses. No sabía si Óscar se refería a algo que le gustara a ella o algo que le gustara a Circe, pero sospechaba que para él eran la misma cosa. La había escogido por algo.
Ella no era actriz.
Bueno, ahora sí lo era, pero era tan reciente que no se sentía real. Era escritora, eso sí lo podía decir, lo podía sostener, pero eso de actuar era etéreo todavía, una ciencia inexacta que estaba improvisando.
Se preguntó si Gera también era un novato; o peor, un veterano.
Se sentó viendo hacia la calle con su vestido verde. No lo escogió conscientemente, pero ahora se sentía un poco ridícula; era exactamente el tipo de vestido que se pondría Circe. Trató de sacarse el guión de la cabeza, hoy solo se trataba de ser ella misma y de establecer un poco de confianza con Gera. No sería recomendable llegar a la escena del beso sin un poco de intimidad, por más construída que fuera.
Lo primero que notó fue su mirada; oscura, cálida, ajena. Se levantó para saludarlo y Gera la abrazó como si fueran amigos.
Sabía que no se veía nerviosa; siempre se sentaba con la espalda recta, la mirada constante, la respiración serena. Su profesor de actuación, Patrick, le había dicho que era demasiado propia, como un personaje de Jane Austen; tenía que aprender a soltarse, a enojarse, a que se le desacomodara el pelo y se agitara su respiración… pero hoy no. Hoy estaba tranquila, analítica, con su mala costumbre de mirar todo desde afuera aunque estuviera perfectamente instalada en la escena.
“¿Eres como Saúl?” le preguntó. Él sonrió como si ya esperara esa pregunta. Ya se habían visto antes, una vez, en una llamada de zoom bastante caótica que no la dejó entrever mucho. En términos prácticos, esta era la verdadera primera vez.
“Sí, soy cómo él. Un poco. Me considero introvertido.” lo pensó un poco más “Mis gustos musicales se parecen.”
“¿Y tienes una Circe?” era la pregunta que seguía, lógicamente, pero aún así pareció tomarlo por sorpresa. Gera decidió ser franco.
“Algo así. Mi ex novia, cortamos hace mucho, pero cuando leí el guión todavía le tenía rencor. Creo que hice lo mismo que Saúl.”
“La convertiste en villana.” dijo Circe, con la voz de ella.
“Creo que más bien la convertí en Dios”. respondió Saúl, con la voz de él.
Ella trató de ocultar su sonrisa, eso era lo que temía; lo que en el fondo esperaba.
“Es más o menos lo mismo ¿no crees? Un pedestal es igual de deshumanizante que el infierno.” No era la primera vez que decía alguna variación de esa frase, pero no perdía fuerza porque desgraciadamente, siempre era verdad. Él asintió, pensativo. Tomó un sorbo de té, escuchando los pájaros. Después la miró, fijo.
“¿Te ha pasado?” preguntó con los ojos brillantes.
“Más de lo normal. Sí.” ella admitió. Era ridículo, tan ridículo que Óscar la hubiera escogido sin saber. Sabiendo demasiado.
“Entonces eres como Circe.”
Ella le sonrió, muy a su pesar.
Tenía mucho miedo de fallar, de ser rígida, de no poder sentir; o mucho peor que eso, sentir sin expresar lo que sentía. Ese era su trabajo.
Poco a poco entendía como su cuerpo se entrelazaba con la tinta, esto no era tan diferente a escribir, pero aquí corría más riesgo de que la realidad se le mezclara con la ficción. Si hubiera sido un personaje lejano, tal vez todo sería más sencillo: este experimento se trataría de ver las cosas con ojos ajenos, encontrar un acento, cambiar su apariencia… pero Circe era un reflejo del caleidoscopio que ya era posible. Una versión mitificada, beatificada, vista a través del cristal turbio y brillante de la idealización.
Incluso en el momento más oscuro, la gente tendía a tratarla como una anomalía temporal, una estatua de mármol o un agujero negro. No perteneces. Eres más, por ende, eres menos. Por eso había accedido al papel, además de la serie de coincidencias casi ridículas que, en el fondo, no le habían dejado una opción real.
Era terca, sí, pero no tanto como para pelearse con el destino.
El calor del norte los envolvió pronto y seco, del cual se refugiaron en el carro de Gera. El tema de los chocolates la tenía intranquila; era un elemento narrativo que como escritora le gustaba mucho, pero como actriz, la hacía dudar.
Eso de ser sexy le daba risa. En el fondo de su corazón no se lo podía tomar ni tantito en serio, por más que se lo dijeran con absoluta y ardiente honestidad. Eso era peor, ¿no? ser algo que desconocía.
Nunca se interesó en el norte realmente, por lo que era inevitable que la sorprendiera. Sentía que la observaban como a uno de esos escarabajos brillantes, fascinados por la iridiscencia, pero precavidos, por si de repente se le ocurría abrir las alas transparentes y salir volando.
Eso la hacía temer más. Si fallaba, sería el doble de catastrófico.
Hay tanto que decir: el ensayo del beso que se tenía que replicar con Alejandro (objeto de los celos de Saúl), la física del chocolate que inevitablemente se derretiría en ese clima, la química de la cual ella intentó escapar a toda costa, y aún así terminó con dos invitaciones para verse al terminar la filmación.
Ella no escogió nada, porque conocía el peligro inherente. Si abría la ventana, aunque fuera un poquito, iba a llegar un tornado a devastarlo todo casi por diversión. No se sentía incómoda ni ofendida, pero tampoco halagada; tenía miedo de sí misma, del embrujo del personaje que ahora la habitaba.
Lo importante es que lo había hecho bien, que había sido más convincente de lo conveniente y que Óscar estaba feliz con su elección. Era actriz. Algo así.
Se olvidó de Monterrey hasta que regresó a ella por accidente, en forma de espectro. No era nadie conocido, al principio ni siquiera tenía nombre, pero llegó a devastar todo en cuestión de días.
Al principio se aferraba a sus palabras, a esa conexión inexplicable y eléctrica. Pero daba igual. Si él sentía por ella el amor más puro, más profundo, más real; si era la persona que había estado buscando, el rostro que imaginó mil veces, las manos que creyó sentir sobre su cara… daba igual.
Ayer, todavía infectada por la aparición del agujero negro, soñó que tomaba un vuelo hacia allá. Se preguntó amargamente qué clase de embrujo había tejido Óscar al escribir ese guión y escogerla a ella, se preguntó si había manera de esconder sus alas de escarabajo.
Casi como ejercicio literario, consideró si todo era culpa de Circe al meterse en su piel y dotarla de una magia ajena que ella nunca pidió.
Da igual, da igual. Todo era un bendito concepto (¡otro bendito concepto!) y ella quería vivir.
Si el espectro quería toda su tristeza, podía quedársela. Si quería convertirla en literatura, más le valía ponerse a escribir. De todas formas ella no era una buena musa, hablaba demasiado, gritaba muy estridente y no se le daba quedarse quieta para ser observada.
Podría amarla más que nadie, ¿y qué? A la escritora las palabras no le servían para nada. Tenía suficientes historias para el resto de su vida, incluso antes de ser Circe.





